RAMÓN VALERIO: Haciendo en la DGA la revolución que soñó en las trincheras de la guerra fría

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septiembre 20, 2017 por aduanasrd01

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Sobreviviente de la época de las utopías, Ramón -Monchi- Valerio hizo de la Dirección General de Aduanas el espacio para desarrollar su propia revolución. Blandiendo por fusil el lenguaje de la persuasión y por escudo su moral, ha contribuido con la transformación aduanera; de un anticuario que manejaba los expedientes en forma de amasijos, atados con sogas, hasta convertirla en lo que es hoy día: una institución tecnológica, transparente y predecible.

Cuando hablamos de Ramón Valerio nos referimos al encargado de la Inteligencia aduanal, el responsable del equipo que analiza las informaciones, para colocar a la institución un paso delante del contrabandista o del infractor de la ley.

Pero también del funcionario capaz de colocar sobre los rieles al contribuyente, de forma que el recaudo aduanal llegue a su destino final, que es el gobierno central, que encara los apremios de mejorar la educación, garantizar la salud y dotar al país de infraestructuras, acorde con las exigencias de los tiempos modernos.

Valerio reconoce en la suya un área de difícil manejo, pues a nadie le resulta agradable “poner cara fea y sacar los dientes” al delito expresado en sus diferentes formas, pero confluyendo en la evasión fiscal.

Sin embargo, narra que su técnica no es para nada compleja: sienta al infractor, le corrige por qué falsifica tal o cual documento o declara de manera irregular los embarques de mercancías.

“Le regaño, sin odios ni amenazas, pero de forma enérgica, que debe pensar más en sus hijos, en su familia y en el país. Entonces esta persona por lo general reconoce su error y se muestra dispuesta a cooperar…El secreto es la persuasión”, manifiesta.

Pero muy interesante es “bucear” en algunos aspectos personales de este hombre-historia, porque Ramón -Monchi- Valerio jugó un papel fundamental en los tiempos en que los jóvenes soñaban con una revolución al alcance de un toque de puerta.

Orgulloso de pertenecer a la generación de Amaury Germán Aristy, de La Chuta, de Ulises Cerón, de Miguel Cocco, logra sobrevivir a los difíciles 12 años del presidente Joaquín Balaguer y pudo haber sido uno de los jóvenes que se inmolaron en la Cueva de la Avenida de Las Américas, el 12 de enero de 1972, por circunstancias que no vienen al caso analizar en esta entrega.

Fruto de su matrimonio con la doctora Patricia Minaya Rancier, especialista en imágenes, procrea a Soltri Valerio Minaya, ingeniera industrial de profesión, con especialidad en procesamiento de frutas y vegetales, Nellk Valerio, graduado de Administración de Empresas y maestría en Comercio Internacional. También del doctor Virgilio Valerio Feliciano, médico oftalmólogo y cirujano ocular.

Siempre luchando por el ideal de igual revolucionaria, por un mundo de las utopías del hombre nuevo, otea que los tiempos van cambiando y cuando ya no existe el telón de acero de la guerra fría, asume el poder el Partido de la Liberación Dominicana, en 1996.

Es cuando entra en escena su aliado en las lides revolucionarias Miguel Cocco, a quien el presidente Leonel Fernández encomienda la Dirección General de Aduanas. Éste lo convoca para integrar un equipo en la dirección de la institución recaudadora.

En principio no le da importancia a la propuesta, más bien piensa que Aduanas no es un lugar apropiado para alguien de su formación. Había escuchado que en ella convivían la corrupción en distintas acepciones. Pululaban contrabandistas, evasores de impuestos y los que van al Estado a acumular riquezas mal habidas.

Eran los tiempos en que los militares asignados al AILA se repartían las mesas donde se chequean las mercancías de los viajeros, para sacar beneficio de la extorsión y el macuteo.

Pero luego de varios encuentros Miguel Cocco lo convence de que se puede hacer un buen trabajo, provocar cambios importantes que redundaran en una dignificación de la institución y se le colocara el sello de eficiencia y transparencia que habían galvanizado en la lucha revolucionaria.

Determinan que a pesar de la idea que se había formado,

también había un personal valioso, de sólidos principios morales y gran formación profesional.

El punto focal era determinar qué hacer; la DGA en ese momento era una institución anticuada en los procedimientos: con una tecnología totalmente manual, una planta física muy reducida, compartiendo espacio con la DGII.

Recuerda que se amontonaban los expedientes en los pasillos de la institución, en cuyas circunstancias, el proceso aduanal más ágil se llevaba entre 22 y 25 días.

Valerio rememora que en esa época se iniciaron las negociaciones para la adquisición del edificio que actualmente sirve de sede de la DGA, en la avenida Abraham Lincoln con Jacinto Mañón.

A modo anecdótico recuerda que el entonces presidente Fernández se opuso a que Miguel Cocco adquiriera el edificio por el precio de 1,000 millones de pesos que costaba, para evitar críticas de la oposición.

No obstante, Cocco lo convenció de que le dejase el tema a él, consciente de que con la solvencia moral y la transparencia que lo adornaban, neutralizaría el morbo político que saldría a relucir con la intención de poner en tela de juicio la transacción que se disponía realizar.

De ese modo, el mandatario confío en él, y hoy día la DGA disfruta de uno de los más dignos lugares para una institución operar.

En el aspecto tecnológico suscribió un acuerdo con Corea del Sur, se procedió a la automatización casi en un 100 por ciento a la DGA y se instaló el Sistema Integrado de Gestión Aduanal (SIGA).

En el plano de la transformación interna se crearon mecanismos para desarticular estructuras propensas a cometer ilícitos y se realizaban subastas para vender mercancías incautadas por cientos de millones de pesos.

Se creó una estructura de fiscalización, se dieron facilidades para que los técnicos pudieran tener participación y se aumentaron las recaudaciones.

“De modo que el gobierno podía contar con más recursos para dedicarlos a la salud, educación, las universidades”, afirmó.

Ramón Valerio reconoció que la partida de Miguel Cocco significó un duro golpe para la DGA, pero ya ésta había iniciado un camino hacia la institucionalización, así que los subsiguientes encargados tendrían que comprometerse a darle continuidad, hasta

que asume en el mes de agosto de 2016 Enrique Ramírez Paniagua, dotado de gran sensibilidad social, humana y amplio sentido de la eficiencia.

Resalta que en la actualidad se identifica un talento para cada posición, al tiempo que se estrechan los lazos con organismos como la Organización Mundial de Aduanas y el sector privado, para viabilizar y facilitar los procesos.

Ayuda para que el personal se capacite y crezca. “Mi mayor expectativa es dejar una DGA que aporte al futuro del país, una DGA institucionalizada y moderna, como un referente internacional, que gobiernos e instituciones la tomen en cuenta”, sostiene.

Ramón -Monchi-Valerio y Valera está consciente de que vino al mundo vinculado a la historia. Nació en 1945, en la comunidad de Baitoa, Santiago, durante una coyuntura que no podía ser más convulsa, al final de la Segunda Guerra Mundial.

Su propia familia estuvo en la mirilla de tiranía trujillista. Siendo muy joven, en los años post Trujillo, específicamente en los 12 años de Balaguer, escribió una epopeya histórica como miembro de los Comités Revolucionarios Camilo Torres (CORECATO).

Subraya la ayuda que recibió del profesor Juan Bosch y del PLD, para interpretar los cambios sociales y políticos que se estaban dando en la sociedad.

“No logré los cambios radicales y las utopías, pero me siento satisfecho de los cambios logrados a través de la DGA, aunque reconozco que falta mucho cambio por hacer en la sociedad”, señala.

Y refiere que, de pequeño, su abuelo le advertía: “tú debes tener cuidado, porque naciste con un andullito en el cerebro”, para recordar su descendencia del héroe de la batalla del 30 de marzo de

1844, Fernando Valerio, recordado por su valerosa hazaña, recogida en la historia como “la carga de los Andulleros de Santiago”.

Adicional a su trabajo como encargado de la Inteligencia aduanal, desarrolla un modesto proyecto a través del cual ayuda a los niños de una escuela de tanda extendida de una comunidad de Constanza.

“Yo creo que aquí, en Aduanas, hice mi revolución…moral; no como yo la soñé, pero está llegando el mensaje. Todavía se puede hacer algo, si seguimos trabajando, conscientes del compromiso social depositado en nosotros”.

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